Walquiria

frank


Hace poco me acordé de Walquiria, de cómo la conocí y como terminó toda esa historia:
Primer acto, muchos años atrás, mientras aún estudiaba. Estábamos emborrachándonos en el barrio bohemio de la ciudad: un viejo amigo había llegado al país, así que le dábamos el tour completo: bares y fiestas. Hablábamos, totalmente eufóricos, sobre cualquier cosa, saltando de un tema a otro incoherentemente: en ese momento, como un espectro de carne tibia, se acercó una rubia sexy, guapa y bien vestida (al menos en mi percepción parcial y progresivamente disminuida de la realidad) a pedirnos suavemente fuego para encender su cigarrillo. Atolondrados sacamos fósforos y encendedores, tratando de ganar esa carrera perdida, y ella sonrió y se inclinó sobre la mesa y dejó que le encendiéramos su cigarro: su escote se abrió ligeramente y entrevimos sus tetas perfectas, ni gigantescamente monstruosas ni meramente nominales, sino dulcemente torneadas con exquisita artesanía por el alfarero del diablo. Ese segundo duró siglos, congelados todos en contemplación, hasta que ella agradeció con una sonrisa y se fue. El resto de la noche la gastamos en comentar dicho acto de perfecta coquetería, desglosando cada gesto, tratando de entender. ¿Quien era ella? con seguridad una prostituta, pero ubicada en las antípodas del mar de prostitutas, cada cual más vulgar y triste que la anterior; ¿Que hacía al pedirnos lumbre? Quizá jugando, quizá cometiendo un error: mujeres así trabajan para aquellos que serán (hoy son) nuestros jefes, no para nosotros. O quizá sólo quería fuego ¿Qué haríamos entonces? De seguro nada, ya la barrera social que nos separa posiblemente esté escrita en nuestros genes (tan lógica nos parecía), así que nos fuimos y eventualmente nos encontramos con un par de amigas deseosas de fiesta, pero eso es otra historia. Pasaron muchas cosas después, pero en mi isla no podía olvidarme de ella, así que volví al mismo bar, completamente solo: la música era horrenda, la comida pésima y la cerveza igual a todas las demás, por lo que ninguna estrategia para perder el tiempo me funcionó (en realidad sólo tenía una estrategia: salir con una libreta de bolsillo y tratar de anotar fielmente cualquier cosa, nimiedades de adolescente). Después de demasiado tiempo, pagué y me fui, avergonzado, y ella estaba afuera: esperaba de pie, con frío, medio escondida tras una columna, de modo tal que nada delataba su presencia ni desde el interior del bar ni desde la calle. Y sin embargo, estaba allí, igualmente perfecta e imposible. Me preguntó la hora y le contesté, amable como una caricatura de los buenos modales, comentándole nuestro encuentro anterior y la agradable impresión que causó en mi grupo de contertulios. Hablamos un poco y fuimos a otro bar, situado casi al lado del primero, y allí conversamos durante horas, creo, dulcemente, envueltos en una corriente de empatía que me embriagó. Ahora que lo recuerdo, incluso fue bonita la forma en que me planteó el costo de sus servicios sexuales: dicho del modo en que me lo dijo, podría haberme diagnosticado cáncer y yo estaría sonriendo. Fuimos a un departamento común y corriente, donde los dueños de casa (un matrimonio promedio, triste y vencido) rentaban su dormitorio por horas, y me acosté con ella, temblando, casi virgen en sus manos. Todo el asunto era realmente degradante, la búsqueda, el pago y la paranoia sobre el juicio social, pero aún así era lo mejor que me había pasado: paradójicamente me encontraba un paso más lejos del fondo al dar un paso más hacia el mismo. La volví a ver varias veces: esperaba dichos encuentros con ansiedad, como un adicto, contando las horas. Y cada vez se repitió la rutina: conversación agradable, piezas anónimas y siempre humildes, sexo rutinario y totalmente desapegado. Conversábamos sobre todo, sobre el futuro. La miraba y soñaba con ser millonario y poder llevármela lejos de allí y tenerla como un adorno caro, un amuleto sexual contra el vacío y ser irresponsable y olvidarme un rato de que todo esto no iba a ninguna parte; soñaba con cuidarla y convertirla en su mejor versión de si misma.
En esa época un tema de conversación habitual con mis amigos era la posibilidad de trabajar en algún centro turístico: un sitio paradisíaco, un trabajo fácil y entretenido y una paga más que abundante. Escuchábamos las historias y fantaseábamos secretamente, al menos yo, con las posibilidades que prometía dicha cifra fabulosa: drogas, alcohol, y mi Walquiria. Así que planeé mi viaje a dicha zona con cuidado, al menos tanto como podía ser capaz, y fui a despedirme de mi tesoro secreto. La llamé y quedamos cerca del lugar de siempre: allí me presentó a “su hermano”, él negro y ella blanca (por eso las comillas,ya que no me parecieron amantes) y comenzó lo que sería una larga y tortuosa noche. El tipo me vendió unas cajas de puros, hablándome del excelente negocio que significaría a futuro, luego comimos, nos emborrachamos, y él me preguntó si Walquiria me había ayudado a hacer las maletas y se mostró totalmente extrañado por mi respuesta negativa; inhalamos cocaína (de color amarillento, lo más raro que vi ese año) y conversamos a gritos. Me llevé a Walquiria a cumplir el rito a la habitación de al lado (separados del ambiente principal por una cortina) y traté de follarla del modo como hacíamos habitualmente, en las posiciones que nos habían funcionado antes, y fue un completo desastre: la cocaína, si bien de mala calidad, pero muy abundante, me había enervado y anestesiado, el ron me tenía en una nube de voluntad pura y el tipo no dejaba de darle instrucciones a ella a través de la cortina y ella estaba francamente histérica. Además mi voz interna no terminaba de ahogarse y me repetía una y otra vez la multitud de razones que tenía para salir corriendo y escapar de ahí. Habíamos hablado sobre drogas con ella en una de nuestras primeras excelentes citas y nuestra conclusión tuvo mucho más de buenos modales que de realidad: ahora ella se inclinaba sobre la mesa y se metía líneas grandes como marcas en un camino interminable. Un triste, lamentable y completo desastre. Al día siguiente llegué al aeropuerto con resaca, olor a destilería y totalmente quebrado. Una vez allá (en el supuesto paraíso) estuve tratando de conseguir el trabajo soñado durante una semana, durmiendo en asientos de plazas y comiendo lo justo para tener energías para moverme (una barra de chocolate un día, tres caramelos al siguiente, etc); todo esto rodeado de estadounidenses adolescentes en vacaciones al estilo “wild-on”. Racionaba el último gramo de cocaína en pequeñas dosis, lo suficiente para olvidarme de la sensación de tener mi estómago pegado a la espalda, el hambre gigante y cruel; todo esto hasta que recibí noticias de mi familia, que prometían un rescate durante la próxima semana, cosa que cumplieron con exactitud. Al volver, tuve que rogarle al tipo del impuesto de embarque para que me dejara subir al avión, ya que no tenía ni un peso, y así, por obra y gracia de la misericordia ajena, viajé de vuelta. Volví y puse a Walquiria en cuarentena: no la llamé ni me acerqué a la zona donde nos reuníamos, durante años, como un adicto, dislocado; todo esto hasta que efectivamente la olvidé por completo. Y pasó el tiempo y terminé mi carrera: al final tuve un periodo de tiempo de dos o tres meses en que sólo me correspondía esperar para mi defensa de tesis y lo aprovechaba en comprar libros y caminar sin rumbo como manera de despedirme del país. Y estaba en eso cuando la vi otra vez: yo caminando por la vereda de una avenida principal y bastante turística, casi al lado del mar, y ella caminando en dirección contraria, por la vereda de enfrente. La vi y la reconocí de inmediato, a pesar de los años. Iba vestida de negro, con una minifalda y una blusita sin mangas, además de algunas joyas doradas, falsas. El vestido se parecía bastante al que llevaba la primera vez que la vi, pero el efecto era el opuesto: ella estaba muchísimo más delgada (casi quince kilos menos, calculé: su figura curvilínea se había perdido por completo) e iba sonriendo o hablando en ese momento, no sabría decir, era una mueca indescifrable. Me dio la impresión de tener sus dientes (que antes me recordaban aquellas pastillas blancas de menta que se vendían en kioscos, una golosina dulce y refrescante) podridos y separados. Iba acompañada del mismo chulo, “su hermano” y se veía nerviosa y asustada, al contrario del estado de aquel farsante: pelo bien cortado y engominado, ropa cara y vulgar, y por sobre todas las cosas, su caminado de gran hombre, un líder de alguna clase. La vi y me pareció una puta acabada, prematuramente vieja. Sólo la vi pasar, no la llamé, no la saludé ni nada. Me quedé mirándola hasta que desapareció tras una esquina. Mi primer amor maldito.

Powered by ScribeFire.

Anuncios
Published in: on junio 3, 2007 at 8:51 am  Dejar un comentario  

Este soy yo

El hombre tras la máscaraDejémonos de pavadas: ni me llamo Amacaballo, ni me representa la cantidad increíble de omisiones que mi timidez urgió a su existencia, ni hablo tan bonito. ¿Qué tal? Nunca estuve en un seminario de Filosofía y Letras ni nada. Esto equivale a bajarse los pantalones, les pido que valoren este gesto como tal.

Powered by Qumana

Published in: on marzo 25, 2007 at 11:46 pm  Dejar un comentario  

Ok, lo retomo

Si existe algún lector de este blog, cosa que dudo, supongo que este lector se sentirá contento de encontrar nuevo material de lectura después de tanto tiempo. He vuelto (fanfarrias). Han pasado muchas cosas desde mi último artículo sentimental y vago: violencia en las calles, la muerte de Pinochet, tremendas alegrías personales que no voy a ventilar aquí, etc. Lo principal es esto: ahora, mientras me emborracho lentamente y huelo a orina de recién nacido, he logrado sentir sin angustia el peso del tiempo, en otras palabras, tengo conciencia plena sobre el crecimiento de mis canas y mi grasa abdominal, a la vez que veo como se acumula el polvo en la sala de mi casa. Me siento bien con esto, aunque a veces me da nostalgia (que interpreto como culpa por acciones no realizadas: compartir con amigos, crear más, hacerle el amor a aquellas mujeres que me deslumbraron en el pasado, etc), pero lo asumo, asumo mi camino hasta hoy. Asumo el haber sido cobarde, y seguir siéndolo; asumo el haber perdido el tiempo y llegar hasta hoy sin una gran obra, ni siquiera una opera prima que me defienda; asumo mi ignorancia escondida tras una falsa ilustración al estilo Reader Digest; asumo mi trayecto en los basureros y asumo todo lo demás, etc, etc, urbi et orbi. Desde ahora prometo solemnemente ser más entretenido para el lector y hablar desde fuera de mi ombligo onanista y reprimido.
Vuelvo a ver “Carlito’s way”, la escena donde Sean Penn trata de convencer a Pacino sobre el rescate del presidiario: Penn crespo, medio calvo y tan jalado que habla con dificultad. Ví esta película por primera vez cuando tenía 15 años, por recomendación del profesor de religión de mi escuela (que, al rendirse en su propósito de ilustrar sobre teología, hablaba de Cine a los pocos que quisiéramos escuchar) y en ése entonces me sorprendió lo verosímil de la escena, la exquisita artesanía del hombre a cargo. En ese momento decidí que quería ser así de grande, un titiritero fenomenal y conmovedor. Pasaron más de diez años y aún no me acerco ni a 20 metros de ese lugar, pero lo acepto y ya: quizá nunca llegue. Por ahora sólo siento compromiso (literario, se entiende) por las historias que me conmovieron. Es poco, pero es mi tesoro personal.

Powered by Qumana

Published in: on marzo 16, 2007 at 11:02 am  Dejar un comentario  

Iluminación instantánea

Hay momentos en la vida de todos, creo al menos que todos han tenido un momento así, en que estamos desesperados pero limpios, a la manera de un devoto en el desierto ayunando. En momentos como esos uno siente el peligro presente de la disolución y la alegría de estar al borde de un descubrimiento siempre esquivo, pero entrevisto. Son los momentos en que todos “se ponen existenciales” y dan largas y soporíferas charlas acerca de sus certezas vitales y se desesperan y lloran y hacen cosas estúpidas o degradantes. Mi teoría personal es que esos momentos son de hecho el atisbo de algo más, entendido como una nueva frontera del conocimiento, no algo nuevo, sino una nueva forma de entender lo que ya está; pero como todos esos momentos son atisbos, no significan nada y fomentan una especie de nudismo onanisto-mental contrario a todo pudor o decencia. Si partimos de la base de que no existen los grandes hombres, aquellos que consideramos grandes hombres son sólo personas enfocadas en un objetivo, que mutilan sus vidas incesantemente eliminando todo aquello superfluo a su fin último voluntario: por lo tanto son menos que nosotros, los comunes. El ser normal, o feliz, o exitoso o bueno, distrae de esta pureza ascética necesaria, por lo que la relativiza como objetivo deseable. El rollo es que la receta para la vida ascética iluminada se esconde incesantemente detras de sus máscaras, las que genera cada vez que alguien toca su puerta. Si uno abre la puerta equivocada, termina como un llorón autocompasivo, pajero de por vida.

Powered by Qumana

Published in: on agosto 15, 2006 at 12:27 pm  Dejar un comentario  

Los carretes ajenos

Hace mucho tiempo que no escribo un diario, o algo parecido a uno: recuerdo que en la época en que vivía en la Habana me iba a los bares sin nada que hacer, re huyendo el contacto humano, y ocultaba mi desesperación e inutilidad con una libreta de notas, pensando “esto me será útil algún día”, y me largaba a escribir sobre cualquier cosa, de preferencia en presencia de ladrones, traficantes y prostitutas que no me podía pagar. Ahora el motivo de este reencuentro con la escritura “por deporte” es la presencia de un grupo de vulgares parranderos en la escalera del edificio de la lado del mío, absolutamente inconscientes de la existencia de gente como mi jeva y yo, a quienes les molesta la felicidad ajena bulliciosa en horarios incómodos, en especial si se manifiesta en forma de clichés repetidos hasta el cansancio. Me jode la presencia de estos seudo comunistas tomadores de vinos baratos, en especial porque me da nostalgia la época en que éramos refugiados en el carrete y podíamos soportar la repetición de patrones fuera de toda lógica, o más bien, fuera de todo respeto de la lógica. Sus canciones son las mismas que cantaban los amigos de mis padres cuando se emborrachaban y sentían autocompasión en grandes cantidades (sólo que en esa época sí habían grandes razones para sentir auto compasión si uno era de izquierda). Cuando recuerdo la sensación que me provocaba el estar en carretes donde la vulgaridad reinaba, descubro de que era eso, la conciencia de ser todos juntos refugiados y compañeros en el padecimiento de estar vivos en esta noche única, por lo tanto, la magia del momento de bienestar que nos proporcionaba la compañía mutua valía estos pequeños sacrificios. Hoy no, me duele la vesícula hace casi cuatro días, llevo demasiado tiempo escribiendo dos palabras por semana y mi aliento va de mal en peor. Ahora la elección es simple, pero casi imposible: me quedo escuchando a esta manga de tarados (lo que significaría dejar de dar mi grano de arena al mundo y aceptar que el futuro se hunda en la mediocridad) o llamo a la policía denunciando el escándalo, rompiendo mis lemas y frases hechas con respecto a la libertad y la tolerancia, etc, invistiéndome en un facho. Odio la vulgaridad, aún más que la mediocridad, y la tragedia es que, ya a estas alturas de la vida, aprendí que el ser vulgar es una condición practicamente universal, inherente al ser. Existo, soy el yo público que esconde al yo privado y me convierto en alguien vulgar por eso. Así de fácil. La vulgaridad es el detective facho, el niño meón y el traidor, todos a la vez y todos internos. Si esto es así, ¿porqué deberíamos conocer a alguien, darse el trabajo de ver a alguien esconder y luego revelar, muy a su pesar, su vulgaridad? En fin.

Powered by QumanaTags:

Published in: on agosto 6, 2006 at 1:53 am  Dejar un comentario