La gorda en la micro

      Viajando en la micro ví a una muchacha. Era joven (como de unos veinte años), vestía como una adolescente vulgar (el mismo tipo de chaqueta grasienta, el mismo tipo de pañuelo al cuello, el mismo tipo de pantalones) y debe haber pesado como cien kilos. Normalmente llamo muchacha a las mujeres muy jóvenes que tienen algún tipo de atractivo. Ella no, no tenía absolutamente ninguno, era sólo una gorda: la miré con tanto cuidado como disimulo y resultó que tambien era fea. No demasiado, pero lo suficiente para entrar al promedio gris y amargo, parafraseando a Allende. Una gorda vulgar. Lo que me llamó la atención es que escribía y escribía sin parar en una libretita. Su libreta se parecía a las que yo alguna vez usé para consignar mis múltiples autocompasiones, de las que tienen el espiral en la parte superior, de tapa blanda. Su libreta era más grande, eso sí, como del porte de un cuaderno pequeño. Escribía con lapiz rojo, con uno de esos bolígrafos de tinta, con punta fina. Escribía en letra manuscrita (¡Milagro!, quise gritar, ¡Un arte perdido!) y su caligrafía parecía acostarse furiosamente hacia la derecha, de modo tal que daba la doble impresión de no querer ocupar mucho espacio, además de estar de alguna manera atrapada en la página, prisionera y ansiando la luz del sol y la libertad. La seguí mirando, intrigado acerca del contenido de su redacción, pero la distancia que nos separaba (casi dos metros, de un costado al otro del microbus) me impidió distinguir cualquier contenido. Ví lo que acabo de describir, letra roja, manuscrita y fugitiva, y ví tambien la estructura visual de sus párrafos: sin título ni sangría, bloques gruesos y rotundos. Por lo tanto no era una carta ni poesía (pésima de seguro, si lo hubiera sido). Era otra cosa distinta, pero ¿qué? ¿un diario de vida? ¿narrativa? Ví tambien que tenía unas cinco o seis páginas llenas ya de esta letra pequeña y frenética. Por otra parte, su cuaderno se veía en buen estado, casi nuevo: supuse que era el último representante de su raza y que el resto estaría en algún estante, perdidos entre juguetes de “Hello Kitty” y discos de reguetón.
      La gorda era fea. Media ciudad después se sentó junto a ella un hombre vestido con una parka roja: tenía, calculo yo, unos treinta años, era pequeño (un metro sesenta y cinco) y estaba bien afeitado, además de engominado con menos éxito. Parecía en todo el más puro ejemplar del hombre vulgar chileno, igualmente capaz de rezar, emborracharse con piscola, golpear a su mujer de vez en cuando, mirar fútbol, hablar contra la gente de los países vecinos sin fundamento, pagarse una prostituta siempre económica (follador tacaño) y desear secreta y ardientemente a las quinceañeras amigas de su hija “porque son puras”. Yo no soy tan buen especimen, pero huyo de este tipo de animal como quien escapa de la muerte. El hombre se sentó junto a la gorda, pero se cambió de asiento apenas hubo otro sitio disponible. Quizá ella tenía tambien un fuerte olor a sudor.
      Yo hubiera hecho lo mismo.

Powered by ScribeFire.

Anuncios
Published in: on junio 16, 2009 at 10:17 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://trincana.wordpress.com/2009/06/16/la-gorda-en-la-micro/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: