Sobre Cine

          Recuerdo que hace un tiempo tenía insomnio y ví "Looking for Mister Goodbar" y entendí muchas cosas. Para empezar, desde dónde surgió la fama de Diane Keaton como especialista en personajes íntegros, en mujeres reales con conflictos reales, en "la-multiorgásmica-fumadora-de-hierba-izquierdista-que-no-es-una-puta-comehombres", especialista en "integridad" (En cierta medida similar a Jack Lemmon en sus últimos días, especialmente en "Missing", que me duele aún). De todas las cosas que comprendí, gracias al hábito de ser televidente trasnochado, la principal es que las cosas que pueden tener en común las películas que protagonizó con las que hoy se producen es que las metahistorias existen y funcionan con perfecta salud: la virgen dejando de serlo, la víctima del la incomprensión de la sociedad, etc. Además, sus películas, con 20 años de distancia del neorrealismo, me enseñaron a desconfiar del recurso fácil de la cámara movida y del aspecto de la "realidad", laboriosamente trabajada tras cada toma. Todo mentira. Entendí que hay un rango de cosas que uno puede hacer, y que este rango varía entre lo más vendido y lo menos, pero de que "lo menos" no era puro, al menos en el sentido en que uno entendía "puro" a los quince años. Todo es una negociación, todo es compromiso con alguien más, necesario para llevar a termino la obra.

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Published in: on junio 23, 2007 at 6:05 am  Dejar un comentario  

Walquiria

frank


Hace poco me acordé de Walquiria, de cómo la conocí y como terminó toda esa historia:
Primer acto, muchos años atrás, mientras aún estudiaba. Estábamos emborrachándonos en el barrio bohemio de la ciudad: un viejo amigo había llegado al país, así que le dábamos el tour completo: bares y fiestas. Hablábamos, totalmente eufóricos, sobre cualquier cosa, saltando de un tema a otro incoherentemente: en ese momento, como un espectro de carne tibia, se acercó una rubia sexy, guapa y bien vestida (al menos en mi percepción parcial y progresivamente disminuida de la realidad) a pedirnos suavemente fuego para encender su cigarrillo. Atolondrados sacamos fósforos y encendedores, tratando de ganar esa carrera perdida, y ella sonrió y se inclinó sobre la mesa y dejó que le encendiéramos su cigarro: su escote se abrió ligeramente y entrevimos sus tetas perfectas, ni gigantescamente monstruosas ni meramente nominales, sino dulcemente torneadas con exquisita artesanía por el alfarero del diablo. Ese segundo duró siglos, congelados todos en contemplación, hasta que ella agradeció con una sonrisa y se fue. El resto de la noche la gastamos en comentar dicho acto de perfecta coquetería, desglosando cada gesto, tratando de entender. ¿Quien era ella? con seguridad una prostituta, pero ubicada en las antípodas del mar de prostitutas, cada cual más vulgar y triste que la anterior; ¿Que hacía al pedirnos lumbre? Quizá jugando, quizá cometiendo un error: mujeres así trabajan para aquellos que serán (hoy son) nuestros jefes, no para nosotros. O quizá sólo quería fuego ¿Qué haríamos entonces? De seguro nada, ya la barrera social que nos separa posiblemente esté escrita en nuestros genes (tan lógica nos parecía), así que nos fuimos y eventualmente nos encontramos con un par de amigas deseosas de fiesta, pero eso es otra historia. Pasaron muchas cosas después, pero en mi isla no podía olvidarme de ella, así que volví al mismo bar, completamente solo: la música era horrenda, la comida pésima y la cerveza igual a todas las demás, por lo que ninguna estrategia para perder el tiempo me funcionó (en realidad sólo tenía una estrategia: salir con una libreta de bolsillo y tratar de anotar fielmente cualquier cosa, nimiedades de adolescente). Después de demasiado tiempo, pagué y me fui, avergonzado, y ella estaba afuera: esperaba de pie, con frío, medio escondida tras una columna, de modo tal que nada delataba su presencia ni desde el interior del bar ni desde la calle. Y sin embargo, estaba allí, igualmente perfecta e imposible. Me preguntó la hora y le contesté, amable como una caricatura de los buenos modales, comentándole nuestro encuentro anterior y la agradable impresión que causó en mi grupo de contertulios. Hablamos un poco y fuimos a otro bar, situado casi al lado del primero, y allí conversamos durante horas, creo, dulcemente, envueltos en una corriente de empatía que me embriagó. Ahora que lo recuerdo, incluso fue bonita la forma en que me planteó el costo de sus servicios sexuales: dicho del modo en que me lo dijo, podría haberme diagnosticado cáncer y yo estaría sonriendo. Fuimos a un departamento común y corriente, donde los dueños de casa (un matrimonio promedio, triste y vencido) rentaban su dormitorio por horas, y me acosté con ella, temblando, casi virgen en sus manos. Todo el asunto era realmente degradante, la búsqueda, el pago y la paranoia sobre el juicio social, pero aún así era lo mejor que me había pasado: paradójicamente me encontraba un paso más lejos del fondo al dar un paso más hacia el mismo. La volví a ver varias veces: esperaba dichos encuentros con ansiedad, como un adicto, contando las horas. Y cada vez se repitió la rutina: conversación agradable, piezas anónimas y siempre humildes, sexo rutinario y totalmente desapegado. Conversábamos sobre todo, sobre el futuro. La miraba y soñaba con ser millonario y poder llevármela lejos de allí y tenerla como un adorno caro, un amuleto sexual contra el vacío y ser irresponsable y olvidarme un rato de que todo esto no iba a ninguna parte; soñaba con cuidarla y convertirla en su mejor versión de si misma.
En esa época un tema de conversación habitual con mis amigos era la posibilidad de trabajar en algún centro turístico: un sitio paradisíaco, un trabajo fácil y entretenido y una paga más que abundante. Escuchábamos las historias y fantaseábamos secretamente, al menos yo, con las posibilidades que prometía dicha cifra fabulosa: drogas, alcohol, y mi Walquiria. Así que planeé mi viaje a dicha zona con cuidado, al menos tanto como podía ser capaz, y fui a despedirme de mi tesoro secreto. La llamé y quedamos cerca del lugar de siempre: allí me presentó a “su hermano”, él negro y ella blanca (por eso las comillas,ya que no me parecieron amantes) y comenzó lo que sería una larga y tortuosa noche. El tipo me vendió unas cajas de puros, hablándome del excelente negocio que significaría a futuro, luego comimos, nos emborrachamos, y él me preguntó si Walquiria me había ayudado a hacer las maletas y se mostró totalmente extrañado por mi respuesta negativa; inhalamos cocaína (de color amarillento, lo más raro que vi ese año) y conversamos a gritos. Me llevé a Walquiria a cumplir el rito a la habitación de al lado (separados del ambiente principal por una cortina) y traté de follarla del modo como hacíamos habitualmente, en las posiciones que nos habían funcionado antes, y fue un completo desastre: la cocaína, si bien de mala calidad, pero muy abundante, me había enervado y anestesiado, el ron me tenía en una nube de voluntad pura y el tipo no dejaba de darle instrucciones a ella a través de la cortina y ella estaba francamente histérica. Además mi voz interna no terminaba de ahogarse y me repetía una y otra vez la multitud de razones que tenía para salir corriendo y escapar de ahí. Habíamos hablado sobre drogas con ella en una de nuestras primeras excelentes citas y nuestra conclusión tuvo mucho más de buenos modales que de realidad: ahora ella se inclinaba sobre la mesa y se metía líneas grandes como marcas en un camino interminable. Un triste, lamentable y completo desastre. Al día siguiente llegué al aeropuerto con resaca, olor a destilería y totalmente quebrado. Una vez allá (en el supuesto paraíso) estuve tratando de conseguir el trabajo soñado durante una semana, durmiendo en asientos de plazas y comiendo lo justo para tener energías para moverme (una barra de chocolate un día, tres caramelos al siguiente, etc); todo esto rodeado de estadounidenses adolescentes en vacaciones al estilo “wild-on”. Racionaba el último gramo de cocaína en pequeñas dosis, lo suficiente para olvidarme de la sensación de tener mi estómago pegado a la espalda, el hambre gigante y cruel; todo esto hasta que recibí noticias de mi familia, que prometían un rescate durante la próxima semana, cosa que cumplieron con exactitud. Al volver, tuve que rogarle al tipo del impuesto de embarque para que me dejara subir al avión, ya que no tenía ni un peso, y así, por obra y gracia de la misericordia ajena, viajé de vuelta. Volví y puse a Walquiria en cuarentena: no la llamé ni me acerqué a la zona donde nos reuníamos, durante años, como un adicto, dislocado; todo esto hasta que efectivamente la olvidé por completo. Y pasó el tiempo y terminé mi carrera: al final tuve un periodo de tiempo de dos o tres meses en que sólo me correspondía esperar para mi defensa de tesis y lo aprovechaba en comprar libros y caminar sin rumbo como manera de despedirme del país. Y estaba en eso cuando la vi otra vez: yo caminando por la vereda de una avenida principal y bastante turística, casi al lado del mar, y ella caminando en dirección contraria, por la vereda de enfrente. La vi y la reconocí de inmediato, a pesar de los años. Iba vestida de negro, con una minifalda y una blusita sin mangas, además de algunas joyas doradas, falsas. El vestido se parecía bastante al que llevaba la primera vez que la vi, pero el efecto era el opuesto: ella estaba muchísimo más delgada (casi quince kilos menos, calculé: su figura curvilínea se había perdido por completo) e iba sonriendo o hablando en ese momento, no sabría decir, era una mueca indescifrable. Me dio la impresión de tener sus dientes (que antes me recordaban aquellas pastillas blancas de menta que se vendían en kioscos, una golosina dulce y refrescante) podridos y separados. Iba acompañada del mismo chulo, “su hermano” y se veía nerviosa y asustada, al contrario del estado de aquel farsante: pelo bien cortado y engominado, ropa cara y vulgar, y por sobre todas las cosas, su caminado de gran hombre, un líder de alguna clase. La vi y me pareció una puta acabada, prematuramente vieja. Sólo la vi pasar, no la llamé, no la saludé ni nada. Me quedé mirándola hasta que desapareció tras una esquina. Mi primer amor maldito.

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Published in: on junio 3, 2007 at 8:51 am  Dejar un comentario