Historias privadas

Una cosa que me gustaba de tener tv cable en mi habitación era que podía fumar hierba y ver cualquier cosa y luego dormirme y despertar de madrugada y volver a ver cualquier cosa (a.k.a. películas), mientras volvía a fumar. El fumar era algo así como un tic nervioso, un hábito compulsivo que me distraía de la culpa que me generaba esta tremenda pérdida de tiempo, pero lo principal eran las películas: podía ver historias de las que no conocía los antecedentes (ya que las pillaba ya empezadas) y de las que me podía desconectar antes del final (gracias a ese sueño exquisito que es privilegio del fumador y en el cual uno se sumerje sin darse cuenta). Ahora, con la perspectiva del tiempo y la experiencia, esto puede parecer frustrante e incluso tonto, pero para mí en ese entonces no lo era: para mi era una pequeña maravilla secreta. Podía conectarme con personajes que no conocía y que estaban metidos en momentos cúlmines de sus vidas, y luego dejarlos. Podía intuir historias y fantasear con ellas. Podía liberarme de la dictadura del conflicto central y sentirme más cerca de la realidad (suena contradictorio, pero no lo es) de la narración. Esto me pasa actualmente sólo con las películas con muy buenas historias, pero este truco me permitía tener dicha sensación más democráticamente, ya que incluía bodrios y series B. Me encantaba todo aquello: mi ventana abierta de par en par, el frío agudo del invierno convirtiéndo mi aliento en volutas, mi pipa exquisitamente decorada y caliente por el látigo brillante del mechero y mis filmes doblemente secretos: secretos por las circunstancias y privados porque en ese entonces intuía (y ahora lo sé) que nunca volverían a ser las mismas historias, incluso me las ingeniaba para grabarlas y verlas de nuevo, incluso viendo exactamente las mismas secuencias y preparando mi decorado de modo similar. El billete era sólo de ida.
P.D. "Blow-up", de Antonioni, cuenta una historia similar.

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Published in: on marzo 27, 2007 at 11:03 pm  Dejar un comentario  

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