Sobre Jim Carrey

Hace tiempo ví un programa de TV (cuando mataba el tiempo más impunemente) en que Jim Carrey mostraba su mansión estilo japonés: tenía una galería de cuadros sobre sí mismo, un altar y un cerro bajo el altar. El periodista, antes de salir a empaparse bajo la lluvia por obligación profesional, le preguntó al tipo cuál era el motor de su arte. El tipo respondió “la desesperación”, con una de esas expresiones herméticas que se confunden fácilmente con otra cosa, un Test de Roschard facial. Cuando lo pienso, creo que el tipo respondió de modo cómplice, pero desde un millón de dólares de distancia, plenamente consciente de su doble incapacidad: no puede transmitir fielmente ni la profundidad ni los matices del abismo en que está encerrado, ni puede salir permanentemente de él. Ella no lee lo que escribo. Algunas cosas sí, las cosas que le muestro y que son las cosas que escribo “profesionalmente”. Las otras, no. Cuando lo pienso, supongo que lo hace por respeto, ya que estos garabatos son más íntimos y por lo general, más directos. Si no se los muestro, ella asumiría que no quiero que los lea. Creo que ésta hipótesis es la correcta, ya que el hacer algo (como esconder, o “no mostrar” estos escritos) involucra la voluntad de hacer algo y el hecho en sí: ergo, si no quiere, entonces no. Las otras hipótesis son menos halagüeñas: no lo hace porque no le interesa o porque ni siquiera ha pensado en ello, demasiado inmersa en sí misma; pero desecho estas hipótesis principalmente porque prefiero pensar bien de la gente y porque la realidad casi siempre es un punto intermedio entre la mejor y la peor opción. Hace tiempo leyeron todos mis apuntes: yo estaba muy borracho y olvidé mis cuadernillos en casa de un amigo y este amigo y su novia se los leyeron de punta a cabo. Recuerdo que me dió tanta vergüenza esto que me escondí durante varios días., al cabo de los cuales este amigo me localizó y me devolvió todos mis apuntes, comentandome algo sobre cuál le había gustado más y lo bien escrito que estaba. Recuerdo que eso me halagó y a la vez me dieron unas ganas incontenibles de enterrarme en un hoyo, emborracharme y hundirme en la inconsciencia reconfortante del no-ser. Éste amigo conpartió conmigo tragos y rayas varias veces más, lo que aprecié enormemente, ya que, siendo él un adicto “maduro” (sin ambages con respecto a su hábito, solitario), me estaba abriéndo su mundo íntimo. Incluso una vez me mostró un cuento suyo, de unas dos o tres páginas, no recuerdo bien: de un modo muy “a lo norteamericano”, la narración seguía paso por paso una acción que desembocaba en una clave que daba a entender un drama gigantesco, sin nunca abordar dicho drama directamente, lo que para mí era una joya, varados como estábamos en el país de la desmesura. El cuento era bueno, pero no era taaaan, tan bueno: creo yo que era truquero, es decir, apegado a una fórmula y en general exitoso, pero en su núcleo poco sincero. Espero que no se me malentienda: poco sincero no por una voluntad de cinismo, sino por falta de exploración inmisericorde del yo, por falta de experiencia. Su novia era una tonta y no supo como reaccionar ante tamaña falta al pudor: al cabo de los años trató de robarme como una vulgar ladrona, y casi lo logra. Al fin y al cabo, habíamos compartido “un vínculo”, o así lo había creído ella. Ahora otra me sacó de ese agujero; pero no puedo sacarme la sensación de que lo hizo “muscularmente”: con sinceridad y emoción, pero sin ver la profundidad ni sentir el olor del vertedero al que se estaba asomando. Y sin embargo me curó y me sanó, y sin embargo aún siento esta desesperación básica y nuclear que me acompaña desde que tengo conciencia. Quizá está porque debe estar.

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Published in: on marzo 17, 2007 at 12:03 am  Comments (1)  

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  1. […] Fuente: Wikipedia      |     Imagen: El diario de Amacaballo […]


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