Historias privadas

Una cosa que me gustaba de tener tv cable en mi habitación era que podía fumar hierba y ver cualquier cosa y luego dormirme y despertar de madrugada y volver a ver cualquier cosa (a.k.a. películas), mientras volvía a fumar. El fumar era algo así como un tic nervioso, un hábito compulsivo que me distraía de la culpa que me generaba esta tremenda pérdida de tiempo, pero lo principal eran las películas: podía ver historias de las que no conocía los antecedentes (ya que las pillaba ya empezadas) y de las que me podía desconectar antes del final (gracias a ese sueño exquisito que es privilegio del fumador y en el cual uno se sumerje sin darse cuenta). Ahora, con la perspectiva del tiempo y la experiencia, esto puede parecer frustrante e incluso tonto, pero para mí en ese entonces no lo era: para mi era una pequeña maravilla secreta. Podía conectarme con personajes que no conocía y que estaban metidos en momentos cúlmines de sus vidas, y luego dejarlos. Podía intuir historias y fantasear con ellas. Podía liberarme de la dictadura del conflicto central y sentirme más cerca de la realidad (suena contradictorio, pero no lo es) de la narración. Esto me pasa actualmente sólo con las películas con muy buenas historias, pero este truco me permitía tener dicha sensación más democráticamente, ya que incluía bodrios y series B. Me encantaba todo aquello: mi ventana abierta de par en par, el frío agudo del invierno convirtiéndo mi aliento en volutas, mi pipa exquisitamente decorada y caliente por el látigo brillante del mechero y mis filmes doblemente secretos: secretos por las circunstancias y privados porque en ese entonces intuía (y ahora lo sé) que nunca volverían a ser las mismas historias, incluso me las ingeniaba para grabarlas y verlas de nuevo, incluso viendo exactamente las mismas secuencias y preparando mi decorado de modo similar. El billete era sólo de ida.
P.D. "Blow-up", de Antonioni, cuenta una historia similar.

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Published in: on marzo 27, 2007 at 11:03 pm  Dejar un comentario  

Este soy yo

El hombre tras la máscaraDejémonos de pavadas: ni me llamo Amacaballo, ni me representa la cantidad increíble de omisiones que mi timidez urgió a su existencia, ni hablo tan bonito. ¿Qué tal? Nunca estuve en un seminario de Filosofía y Letras ni nada. Esto equivale a bajarse los pantalones, les pido que valoren este gesto como tal.

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Published in: on marzo 25, 2007 at 11:46 pm  Dejar un comentario  

Sobre Jim Carrey

Hace tiempo ví un programa de TV (cuando mataba el tiempo más impunemente) en que Jim Carrey mostraba su mansión estilo japonés: tenía una galería de cuadros sobre sí mismo, un altar y un cerro bajo el altar. El periodista, antes de salir a empaparse bajo la lluvia por obligación profesional, le preguntó al tipo cuál era el motor de su arte. El tipo respondió “la desesperación”, con una de esas expresiones herméticas que se confunden fácilmente con otra cosa, un Test de Roschard facial. Cuando lo pienso, creo que el tipo respondió de modo cómplice, pero desde un millón de dólares de distancia, plenamente consciente de su doble incapacidad: no puede transmitir fielmente ni la profundidad ni los matices del abismo en que está encerrado, ni puede salir permanentemente de él. Ella no lee lo que escribo. Algunas cosas sí, las cosas que le muestro y que son las cosas que escribo “profesionalmente”. Las otras, no. Cuando lo pienso, supongo que lo hace por respeto, ya que estos garabatos son más íntimos y por lo general, más directos. Si no se los muestro, ella asumiría que no quiero que los lea. Creo que ésta hipótesis es la correcta, ya que el hacer algo (como esconder, o “no mostrar” estos escritos) involucra la voluntad de hacer algo y el hecho en sí: ergo, si no quiere, entonces no. Las otras hipótesis son menos halagüeñas: no lo hace porque no le interesa o porque ni siquiera ha pensado en ello, demasiado inmersa en sí misma; pero desecho estas hipótesis principalmente porque prefiero pensar bien de la gente y porque la realidad casi siempre es un punto intermedio entre la mejor y la peor opción. Hace tiempo leyeron todos mis apuntes: yo estaba muy borracho y olvidé mis cuadernillos en casa de un amigo y este amigo y su novia se los leyeron de punta a cabo. Recuerdo que me dió tanta vergüenza esto que me escondí durante varios días., al cabo de los cuales este amigo me localizó y me devolvió todos mis apuntes, comentandome algo sobre cuál le había gustado más y lo bien escrito que estaba. Recuerdo que eso me halagó y a la vez me dieron unas ganas incontenibles de enterrarme en un hoyo, emborracharme y hundirme en la inconsciencia reconfortante del no-ser. Éste amigo conpartió conmigo tragos y rayas varias veces más, lo que aprecié enormemente, ya que, siendo él un adicto “maduro” (sin ambages con respecto a su hábito, solitario), me estaba abriéndo su mundo íntimo. Incluso una vez me mostró un cuento suyo, de unas dos o tres páginas, no recuerdo bien: de un modo muy “a lo norteamericano”, la narración seguía paso por paso una acción que desembocaba en una clave que daba a entender un drama gigantesco, sin nunca abordar dicho drama directamente, lo que para mí era una joya, varados como estábamos en el país de la desmesura. El cuento era bueno, pero no era taaaan, tan bueno: creo yo que era truquero, es decir, apegado a una fórmula y en general exitoso, pero en su núcleo poco sincero. Espero que no se me malentienda: poco sincero no por una voluntad de cinismo, sino por falta de exploración inmisericorde del yo, por falta de experiencia. Su novia era una tonta y no supo como reaccionar ante tamaña falta al pudor: al cabo de los años trató de robarme como una vulgar ladrona, y casi lo logra. Al fin y al cabo, habíamos compartido “un vínculo”, o así lo había creído ella. Ahora otra me sacó de ese agujero; pero no puedo sacarme la sensación de que lo hizo “muscularmente”: con sinceridad y emoción, pero sin ver la profundidad ni sentir el olor del vertedero al que se estaba asomando. Y sin embargo me curó y me sanó, y sin embargo aún siento esta desesperación básica y nuclear que me acompaña desde que tengo conciencia. Quizá está porque debe estar.

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Published in: on marzo 17, 2007 at 12:03 am  Comments (1)  

Ok, lo retomo

Si existe algún lector de este blog, cosa que dudo, supongo que este lector se sentirá contento de encontrar nuevo material de lectura después de tanto tiempo. He vuelto (fanfarrias). Han pasado muchas cosas desde mi último artículo sentimental y vago: violencia en las calles, la muerte de Pinochet, tremendas alegrías personales que no voy a ventilar aquí, etc. Lo principal es esto: ahora, mientras me emborracho lentamente y huelo a orina de recién nacido, he logrado sentir sin angustia el peso del tiempo, en otras palabras, tengo conciencia plena sobre el crecimiento de mis canas y mi grasa abdominal, a la vez que veo como se acumula el polvo en la sala de mi casa. Me siento bien con esto, aunque a veces me da nostalgia (que interpreto como culpa por acciones no realizadas: compartir con amigos, crear más, hacerle el amor a aquellas mujeres que me deslumbraron en el pasado, etc), pero lo asumo, asumo mi camino hasta hoy. Asumo el haber sido cobarde, y seguir siéndolo; asumo el haber perdido el tiempo y llegar hasta hoy sin una gran obra, ni siquiera una opera prima que me defienda; asumo mi ignorancia escondida tras una falsa ilustración al estilo Reader Digest; asumo mi trayecto en los basureros y asumo todo lo demás, etc, etc, urbi et orbi. Desde ahora prometo solemnemente ser más entretenido para el lector y hablar desde fuera de mi ombligo onanista y reprimido.
Vuelvo a ver “Carlito’s way”, la escena donde Sean Penn trata de convencer a Pacino sobre el rescate del presidiario: Penn crespo, medio calvo y tan jalado que habla con dificultad. Ví esta película por primera vez cuando tenía 15 años, por recomendación del profesor de religión de mi escuela (que, al rendirse en su propósito de ilustrar sobre teología, hablaba de Cine a los pocos que quisiéramos escuchar) y en ése entonces me sorprendió lo verosímil de la escena, la exquisita artesanía del hombre a cargo. En ese momento decidí que quería ser así de grande, un titiritero fenomenal y conmovedor. Pasaron más de diez años y aún no me acerco ni a 20 metros de ese lugar, pero lo acepto y ya: quizá nunca llegue. Por ahora sólo siento compromiso (literario, se entiende) por las historias que me conmovieron. Es poco, pero es mi tesoro personal.

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Published in: on marzo 16, 2007 at 11:02 am  Dejar un comentario