Los carretes ajenos

Hace mucho tiempo que no escribo un diario, o algo parecido a uno: recuerdo que en la época en que vivía en la Habana me iba a los bares sin nada que hacer, re huyendo el contacto humano, y ocultaba mi desesperación e inutilidad con una libreta de notas, pensando “esto me será útil algún día”, y me largaba a escribir sobre cualquier cosa, de preferencia en presencia de ladrones, traficantes y prostitutas que no me podía pagar. Ahora el motivo de este reencuentro con la escritura “por deporte” es la presencia de un grupo de vulgares parranderos en la escalera del edificio de la lado del mío, absolutamente inconscientes de la existencia de gente como mi jeva y yo, a quienes les molesta la felicidad ajena bulliciosa en horarios incómodos, en especial si se manifiesta en forma de clichés repetidos hasta el cansancio. Me jode la presencia de estos seudo comunistas tomadores de vinos baratos, en especial porque me da nostalgia la época en que éramos refugiados en el carrete y podíamos soportar la repetición de patrones fuera de toda lógica, o más bien, fuera de todo respeto de la lógica. Sus canciones son las mismas que cantaban los amigos de mis padres cuando se emborrachaban y sentían autocompasión en grandes cantidades (sólo que en esa época sí habían grandes razones para sentir auto compasión si uno era de izquierda). Cuando recuerdo la sensación que me provocaba el estar en carretes donde la vulgaridad reinaba, descubro de que era eso, la conciencia de ser todos juntos refugiados y compañeros en el padecimiento de estar vivos en esta noche única, por lo tanto, la magia del momento de bienestar que nos proporcionaba la compañía mutua valía estos pequeños sacrificios. Hoy no, me duele la vesícula hace casi cuatro días, llevo demasiado tiempo escribiendo dos palabras por semana y mi aliento va de mal en peor. Ahora la elección es simple, pero casi imposible: me quedo escuchando a esta manga de tarados (lo que significaría dejar de dar mi grano de arena al mundo y aceptar que el futuro se hunda en la mediocridad) o llamo a la policía denunciando el escándalo, rompiendo mis lemas y frases hechas con respecto a la libertad y la tolerancia, etc, invistiéndome en un facho. Odio la vulgaridad, aún más que la mediocridad, y la tragedia es que, ya a estas alturas de la vida, aprendí que el ser vulgar es una condición practicamente universal, inherente al ser. Existo, soy el yo público que esconde al yo privado y me convierto en alguien vulgar por eso. Así de fácil. La vulgaridad es el detective facho, el niño meón y el traidor, todos a la vez y todos internos. Si esto es así, ¿porqué deberíamos conocer a alguien, darse el trabajo de ver a alguien esconder y luego revelar, muy a su pesar, su vulgaridad? En fin.

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Published in: on agosto 6, 2006 at 1:53 am  Dejar un comentario  

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