Iluminación instantánea

Hay momentos en la vida de todos, creo al menos que todos han tenido un momento así, en que estamos desesperados pero limpios, a la manera de un devoto en el desierto ayunando. En momentos como esos uno siente el peligro presente de la disolución y la alegría de estar al borde de un descubrimiento siempre esquivo, pero entrevisto. Son los momentos en que todos “se ponen existenciales” y dan largas y soporíferas charlas acerca de sus certezas vitales y se desesperan y lloran y hacen cosas estúpidas o degradantes. Mi teoría personal es que esos momentos son de hecho el atisbo de algo más, entendido como una nueva frontera del conocimiento, no algo nuevo, sino una nueva forma de entender lo que ya está; pero como todos esos momentos son atisbos, no significan nada y fomentan una especie de nudismo onanisto-mental contrario a todo pudor o decencia. Si partimos de la base de que no existen los grandes hombres, aquellos que consideramos grandes hombres son sólo personas enfocadas en un objetivo, que mutilan sus vidas incesantemente eliminando todo aquello superfluo a su fin último voluntario: por lo tanto son menos que nosotros, los comunes. El ser normal, o feliz, o exitoso o bueno, distrae de esta pureza ascética necesaria, por lo que la relativiza como objetivo deseable. El rollo es que la receta para la vida ascética iluminada se esconde incesantemente detras de sus máscaras, las que genera cada vez que alguien toca su puerta. Si uno abre la puerta equivocada, termina como un llorón autocompasivo, pajero de por vida.

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Published in: on agosto 15, 2006 at 12:27 pm  Dejar un comentario  

Los carretes ajenos

Hace mucho tiempo que no escribo un diario, o algo parecido a uno: recuerdo que en la época en que vivía en la Habana me iba a los bares sin nada que hacer, re huyendo el contacto humano, y ocultaba mi desesperación e inutilidad con una libreta de notas, pensando “esto me será útil algún día”, y me largaba a escribir sobre cualquier cosa, de preferencia en presencia de ladrones, traficantes y prostitutas que no me podía pagar. Ahora el motivo de este reencuentro con la escritura “por deporte” es la presencia de un grupo de vulgares parranderos en la escalera del edificio de la lado del mío, absolutamente inconscientes de la existencia de gente como mi jeva y yo, a quienes les molesta la felicidad ajena bulliciosa en horarios incómodos, en especial si se manifiesta en forma de clichés repetidos hasta el cansancio. Me jode la presencia de estos seudo comunistas tomadores de vinos baratos, en especial porque me da nostalgia la época en que éramos refugiados en el carrete y podíamos soportar la repetición de patrones fuera de toda lógica, o más bien, fuera de todo respeto de la lógica. Sus canciones son las mismas que cantaban los amigos de mis padres cuando se emborrachaban y sentían autocompasión en grandes cantidades (sólo que en esa época sí habían grandes razones para sentir auto compasión si uno era de izquierda). Cuando recuerdo la sensación que me provocaba el estar en carretes donde la vulgaridad reinaba, descubro de que era eso, la conciencia de ser todos juntos refugiados y compañeros en el padecimiento de estar vivos en esta noche única, por lo tanto, la magia del momento de bienestar que nos proporcionaba la compañía mutua valía estos pequeños sacrificios. Hoy no, me duele la vesícula hace casi cuatro días, llevo demasiado tiempo escribiendo dos palabras por semana y mi aliento va de mal en peor. Ahora la elección es simple, pero casi imposible: me quedo escuchando a esta manga de tarados (lo que significaría dejar de dar mi grano de arena al mundo y aceptar que el futuro se hunda en la mediocridad) o llamo a la policía denunciando el escándalo, rompiendo mis lemas y frases hechas con respecto a la libertad y la tolerancia, etc, invistiéndome en un facho. Odio la vulgaridad, aún más que la mediocridad, y la tragedia es que, ya a estas alturas de la vida, aprendí que el ser vulgar es una condición practicamente universal, inherente al ser. Existo, soy el yo público que esconde al yo privado y me convierto en alguien vulgar por eso. Así de fácil. La vulgaridad es el detective facho, el niño meón y el traidor, todos a la vez y todos internos. Si esto es así, ¿porqué deberíamos conocer a alguien, darse el trabajo de ver a alguien esconder y luego revelar, muy a su pesar, su vulgaridad? En fin.

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Published in: on agosto 6, 2006 at 1:53 am  Dejar un comentario