Heather Michel, o Fredi Brooke, la liberación

     Recién vi dos videos de Fredi Michel. Además vi, incompleto, otro video de Heather Brooke (www.ideepthroat.com). ¿Qué tienen en común ambos videos? La primera tentación es señalar lo grosero que hay en ambos, con gesto condenatorio y ceño genuinamente fruncido: hablar largo y tendido sobre las terribles tendencias del mundo moderno, del ansia de muerte y disolución, de lo distinto que era en nuestra época. Señalar a ambos videos como distintos tipos de pornografía (censurables legalmente, por lo tanto: hay que proteger a los niños). Pero hay algo que no calza: el primer síntoma es que casi todos los videos que se pueden ver, gratis, en internet sobre las aventuras sexuales de Heather se titulan “Heather forever” (http://youporn.com/watch/4644/heather-forever-3/?from=related3&al=2&from_id=4649). Como si estuviésemos hablando de un equipo de fútbol: “más que un sentimiento, una pasión”, ¿Porqué? Heather es rubia (un punto para la condena: casi todas las putiñangüis son rubias), y tiene las tetas grandes: peor. Evidentemente operadas, pero grandes al fin. Lo que destaca a Heather por sobre la legión de seudoactrices pornostars es su actitud. El tono de la frase anterior puede dar lugar a equívocos: no, no es más nihilista que el resto (no tiene sensibilidad punkrocker, en ese sentido), sino todo lo contrario. Parece, en base a los videos disponibles, disfrutar enormemente su labor. Tengo la teoría de que ella es la novia o esposa de su consorte audiovisual, sino ¿De qué otra forma se explica tanta confianza, tanto cariño en el trato? No es una prostituta simplemente: hay al menos una treintena de videos circulando, y su pareja es siempre la misma, y la actitud de ella, su receptividad es siempre igual. Es el actuar de una mujer enamorada.
      No hay aquí la negación de todo que hay en otras pornostars, no tenemos a una mujer que destruye su garganta y su ano con saña sádica, como si fuésen de otra persona. No. Una mujer, bonita, en sus treinta, mamando un pene enorme y disfrutándolo.
      Eso es lo más rupturista que conozco: una mujer haciendo malabares anatómicos más extremos, con muchos más hombres involucrados, es siempre la reafirmación del mensaje opuesto: es malo tener sexo. Si ella parece tener instintos suicidas (mientras tiene sexo), es reafirmación del mensaje anterior: es malo ser tan liberal, ella se soltó mucho, cruzó hacia el otro lado, ¿Ven porqué no las dejo salir solas los sábados?.:.
      Fredi Michel parece salir del mismo molde: es popular hasta provocar (me) repugnancia. Pero es, a la vez, enormemente atractivo: ¿Qué es? es algo parecido a tecno cumbia psicolélica. Una especie de chiste interno, un guiño iconoclasta.
      El problema de la iconoclastía es la complacencia: ¿hasta donde es crítica y hasta donde es mero gusto?
     

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Publicado en  on Julio 3, 2009 at 7:01 am Dejar un comentario

La gorda en la micro

      Viajando en la micro ví a una muchacha. Era joven (como de unos veinte años), vestía como una adolescente vulgar (el mismo tipo de chaqueta grasienta, el mismo tipo de pañuelo al cuello, el mismo tipo de pantalones) y debe haber pesado como cien kilos. Normalmente llamo muchacha a las mujeres muy jóvenes que tienen algún tipo de atractivo. Ella no, no tenía absolutamente ninguno, era sólo una gorda: la miré con tanto cuidado como disimulo y resultó que tambien era fea. No demasiado, pero lo suficiente para entrar al promedio gris y amargo, parafraseando a Allende. Una gorda vulgar. Lo que me llamó la atención es que escribía y escribía sin parar en una libretita. Su libreta se parecía a las que yo alguna vez usé para consignar mis múltiples autocompasiones, de las que tienen el espiral en la parte superior, de tapa blanda. Su libreta era más grande, eso sí, como del porte de un cuaderno pequeño. Escribía con lapiz rojo, con uno de esos bolígrafos de tinta, con punta fina. Escribía en letra manuscrita (¡Milagro!, quise gritar, ¡Un arte perdido!) y su caligrafía parecía acostarse furiosamente hacia la derecha, de modo tal que daba la doble impresión de no querer ocupar mucho espacio, además de estar de alguna manera atrapada en la página, prisionera y ansiando la luz del sol y la libertad. La seguí mirando, intrigado acerca del contenido de su redacción, pero la distancia que nos separaba (casi dos metros, de un costado al otro del microbus) me impidió distinguir cualquier contenido. Ví lo que acabo de describir, letra roja, manuscrita y fugitiva, y ví tambien la estructura visual de sus párrafos: sin título ni sangría, bloques gruesos y rotundos. Por lo tanto no era una carta ni poesía (pésima de seguro, si lo hubiera sido). Era otra cosa distinta, pero ¿qué? ¿un diario de vida? ¿narrativa? Ví tambien que tenía unas cinco o seis páginas llenas ya de esta letra pequeña y frenética. Por otra parte, su cuaderno se veía en buen estado, casi nuevo: supuse que era el último representante de su raza y que el resto estaría en algún estante, perdidos entre juguetes de “Hello Kitty” y discos de reguetón.
      La gorda era fea. Media ciudad después se sentó junto a ella un hombre vestido con una parka roja: tenía, calculo yo, unos treinta años, era pequeño (un metro sesenta y cinco) y estaba bien afeitado, además de engominado con menos éxito. Parecía en todo el más puro ejemplar del hombre vulgar chileno, igualmente capaz de rezar, emborracharse con piscola, golpear a su mujer de vez en cuando, mirar fútbol, hablar contra la gente de los países vecinos sin fundamento, pagarse una prostituta siempre económica (follador tacaño) y desear secreta y ardientemente a las quinceañeras amigas de su hija “porque son puras”. Yo no soy tan buen especimen, pero huyo de este tipo de animal como quien escapa de la muerte. El hombre se sentó junto a la gorda, pero se cambió de asiento apenas hubo otro sitio disponible. Quizá ella tenía tambien un fuerte olor a sudor.
      Yo hubiera hecho lo mismo.

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Publicado en  on Junio 16, 2009 at 10:17 pm Dejar un comentario

The religious experience of Philip K. Dick

Publicado en  on Junio 12, 2009 at 3:15 pm Dejar un comentario

Clases de Lacan

Publicado en  on at 2:49 pm Dejar un comentario

La hora del postre

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Publicado en  on Junio 5, 2009 at 4:15 pm Dejar un comentario

La hora del postre 2

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Publicado en  on at 4:14 pm Dejar un comentario

inmigrantes

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Publicado en  on at 4:05 pm Dejar un comentario

“La masacre de la piscina de lujo”

            Un periodista joven se encuentra en el extranjero cercano (Buenos Aires, etc) realizando trabajo de investigación, pero decide no hacer nada y gastarse el viático y olvidarse de todo. Como parte de sus actividades de vacacionista, decide meterse en un seminario sobre el futuro de la televisión digital, donde pasa una primera etapa donde los grupos dentro de los participantes se forman (parejas, amigos, etc) y nuestro protagonista sortea esto con éxito, en parte por su desidia natural, en parte por inteligencia.              
            El seminario demuestra poca solidez en sus contenidos y estructura, a la vez que el “regaloneo” a los participantes sube en intensidad y desparpajo. Como punto final, el seminario invita a los participantes a una celebración de lujo, a realizarse en un club de campo muy exclusivo, que se ubica sobre un cerro clavado en el centro exacto de una quebrada. El seminario allí se transforma en fiesta de lujo, donde al final los participantes se emborrachan en una gran piscina, la que contiene somníferos que se vuelven muy efectivos al caer la noche, ya que el agua sube de temperatura y suelta vapor, mejorando su asimilación en los organismos de las víctimas. La piscina se abre sobre si misma luego, a modo de un gran desague, enviando a sus víctimas de cabeza hacia una jaula colectiva subterranea, desde la cual es imposible salir.

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Publicado en  on Mayo 3, 2009 at 4:49 am Dejar un comentario

“Pánico en las calles”

     Voy por Ahumada y recuerdo que cuando chico mi viejo me contó que trabajaba por acá pal golpe (vendía corbatas) y ese día salió arrancando y estaba lleno de gente que arrancaba muerta de miedo pa volver a sus casas y mi viejo corría hasta Recoleta y cuando sonaban disparos se escondía bajo las bancas y cuando miró, a un hombre le volaron un ojo de un disparo. Desde entonces el horror fue pa mí ese hombre y su ojo.

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Publicado en  on at 4:47 am Dejar un comentario

Sábado en la noche

       Son las 0:06 del día domingo 3 de mayo del 2009. Antes, cuando pensaba en alguna fecha similar a ésta, el vértigo me invadía. Una salvedad: creo que nunca pensé en esta fecha en particular, pensé en fechas similares, pero algo tan real y prosaico como esta hora trasnochada en este día helado como el infierno escapó por completo a mi entendimiento. Cuando era un niño pensé realmente en que vería autos voladores en días como estos. Por supuesto, no pasó. Afuera la noche es fría y lechosa, enmarcada convenientemente en una niebla densa que borra toda atadura con la realidad. Esta noche podría pensar que el tiempo no existe. En la tele una peli tardía de Fritz Lang (“The Big Heat”, con Glen Ford y Lee Marvin, un look perturbadoramente cercano al telefilm) y afuera el sempiterno ruido de la fiesta popular, borracha y subnormal. El subdesarrollo es la incapacidad para aprender de los errores, decía el protagonista en “Memorias del Subdesarrollo”. Efectivamente. Hoy quisiera escribir una historia de terror materialista, sin fantasmas que la rebajen a la mera fábula, pero no puedo. Esta noche es un marco perfecto.

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Publicado en  on at 4:43 am Dejar un comentario