Un periodista joven se encuentra en el extranjero cercano (Buenos Aires, etc) realizando trabajo de investigación, pero decide no hacer nada y gastarse el viático y olvidarse de todo. Como parte de sus actividades de vacacionista, decide meterse en un seminario sobre el futuro de la televisión digital, donde pasa una primera etapa donde los grupos dentro de los participantes se forman (parejas, amigos, etc) y nuestro protagonista sortea esto con éxito, en parte por su desidia natural, en parte por inteligencia.
El seminario demuestra poca solidez en sus contenidos y estructura, a la vez que el “regaloneo” a los participantes sube en intensidad y desparpajo. Como punto final, el seminario invita a los participantes a una celebración de lujo, a realizarse en un club de campo muy exclusivo, que se ubica sobre un cerro clavado en el centro exacto de una quebrada. El seminario allí se transforma en fiesta de lujo, donde al final los participantes se emborrachan en una gran piscina, la que contiene somníferos que se vuelven muy efectivos al caer la noche, ya que el agua sube de temperatura y suelta vapor, mejorando su asimilación en los organismos de las víctimas. La piscina se abre sobre si misma luego, a modo de un gran desague, enviando a sus víctimas de cabeza hacia una jaula colectiva subterranea, desde la cual es imposible salir.

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Son las 0:06 del día domingo 3 de mayo del 2009. Antes, cuando pensaba en alguna fecha similar a ésta, el vértigo me invadía. Una salvedad: creo que nunca pensé en esta fecha en particular, pensé en fechas similares, pero algo tan real y prosaico como esta hora trasnochada en este día helado como el infierno escapó por completo a mi entendimiento. Cuando era un niño pensé realmente en que vería autos voladores en días como estos. Por supuesto, no pasó. Afuera la noche es fría y lechosa, enmarcada convenientemente en una niebla densa que borra toda atadura con la realidad. Esta noche podría pensar que el tiempo no existe. En la tele una peli tardía de Fritz Lang (“The Big Heat”, con Glen Ford y Lee Marvin, un look perturbadoramente cercano al telefilm) y afuera el sempiterno ruido de la fiesta popular, borracha y subnormal. El subdesarrollo es la incapacidad para aprender de los errores, decía el protagonista en “Memorias del Subdesarrollo”. Efectivamente. Hoy quisiera escribir una historia de terror materialista, sin fantasmas que la rebajen a la mera fábula, pero no puedo. Esta noche es un marco perfecto.